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Columna de Cristián Castro: “Ese no era yo” (sí eras tú)

26 / 05 / 2026

Cristián Castro – Le Monde diplomatique

“‘La persona que vieron no soy yo, es una persona que estaba fuera de sí’. Eso escribió —bueno, eso le pidió a su abogado que escribiera— Germán Naranjo Maldini, ejecutivo chileno detenido en Brasil por insultar racista y homofóbicamente a un auxiliar de vuelo en un Latam con destino a Frankfurt. La carta tiene todo el género: el duelo por un hermano, el alcohol, el tratamiento psiquiátrico, el “creo en todos los seres humanos”.

Al pasajero insultado, un hombre llamado Bruno, le escribe: “ese no era yo, mi mente estaba alterada.” Permítame discrepar, Germán. Lo que el alcohol hace no es instalar ideas nuevas. Lo que hace es bajar el volumen de las inhibiciones que guardan las ideas viejas. Todo indica que ese sí eras tú.

Pero hay una escena anterior que importa para entender el ecosistema mental del que viene ese tú. Durante el estallido de 2019, cuando Chile se partió entre los que salían a protestar y los que salían a defender el orden existente, en medio de banderas chilenas negras, lienzos y cacerolazos, apareció algo que no debería haber estado ahí: la bandera confederada.

Esa. La de los estados esclavistas del sur de Estados Unidos. La bandera de quienes pelearon para mantener la esclavitud. La que grupos supremacistas blancos adoptaron como estandarte, la que apareció en el asalto al Capitolio en enero de 2021, la que fue retirada de capitolios sureños después de décadas de presión. Esa bandera ondeó en manos chilenas en las calles de Santiago. Los medios no dijeron nada. Y no lo dijeron porque no sabían qué decir. El periodismo chileno tiene un capital cultural específico: está muy bien entrenado para cubrir política, economía, crimen, y para reproducir debates que vienen de afuera cuando llegan con suficiente ruido internacional. Pero cuando algo culturalmente raro aparece en el espacio público local —algo que requiere leer símbolos, rastrear genealogías, conectar mundos— el músculo no está. El resultado es que nadie preguntó lo evidente: ¿qué hace un chileno marchando con la bandera de la Confederación? ¿Qué película está viendo? ¿Con qué comunidad imaginada se identifica?

La respuesta no está en la historia de Estados Unidos. Está en los Dukes of Hazzard transmitidos en Chile en los años 80, esa serie donde dos primos rubios y simpáticos saltaban barrancos en un Dodge Charger naranja —el General Lee, se llamaba, por si quedaba alguna duda— con la bandera confederada pintada en el techo. Nadie interrumpía la transmisión para explicar nada. Era entretenimiento familiar, sábado por la tarde, pan con palta.

“Just two good ol’ boys, never meaning no harm.” Eso dice la canción que abría cada episodio. Dos buenas personas que nunca querían hacer daño. Simpáticas, campechanas, con acento sureño y sonrisa fácil. Pero la canción no es inocente: los Duke huían constantemente de la ley —y la serie los presentaba como los héroes. El sheriff era corrupto y torpe, y ellos escapaban controles y desafiaban toda autoridad con la elegancia despreocupada de quien sabe que las reglas son para otros. El mensaje subliminal estaba empaquetado en tres minutos de country antes de que empezaran los saltos: el buen muchacho nunca tiene malas intenciones, actúa al margen de las normas porque las normas son para los que no tienen clase ni encanto, y al final igual cae bien. Misma energia.

El chileno procesado en Brasil no es producto solo de esa televisión. Es producto también de una educación que nunca le dio herramientas para leerla críticamente, y de un entorno social que siempre se ha sentido superior a la mayoría de sus compatriotas, como si esa superioridad fuera un derecho heredado. Una herencia colonial que opera en dos registros simultáneos: la pigmentocracia tácita, esa jerarquía que nunca se nombra pero que todo el mundo practica, y el clasismo explícito, ese que sí se dice en voz alta pero solo entre los propios.

En ese ecosistema, la bandera confederada no necesita explicación histórica. Se reconoce sola. Décadas después ese símbolo mutó, viajó por YouTube y los grupos de Facebook de “patriotas”, se fusionó con memes de Pinochet y llegó a las marchas de 2019 como emblema de un orden amenazado. No hace falta saber quién era Robert E. Lee. Basta con que la bandera se sienta como un “no” a lo que está pasando afuera.

El acusado le dice a Bruno que ese no era él. Pero la pregunta que incomoda es cuántos de esos tipos que marcharon con la bandera confederada en 2019 hoy están en un vuelo, con algunos tragos encima, diciéndole “mono” a alguien. Y cuántos más lo piensan pero no lo dicen porque no hay un celular grabando. El video no creó al racista. Solo lo sacó del armario. El escándalo no es que exista ese racismo. El escándalo es que todavía fingimos sorpresa”.

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